León llora al torero Felipe Zapico
Felipe Zapico deja a León huérfano de tauromaquia y tradición. Se va por la puerta grande, como los maestros, como ese torero que jamás dejó de ser.
Y es que su corazón, por encima de todo, siempre fue el corazón de un torero, al que luego se sumaron mil apelativos más: banderillero, apoderado, empresario, crítico taurino...
Aquel espontáneo
También fue espontáneo y mítica es su imagen asaltando el coso con las banderillas en la mano. Igualmente singular su foto subido al toro de Osborne para defenderlo ante quienes querían eliminar el monumento que se levantaba al horizonte.
Era singular, único, especial, y quizá por eso León debería hacer eterno su recuerdo.
Torero, por encima de todo
"Fui torero de corazón y torero por casualidad. Torero porque la sangre me lo decía y casual taurino porque en tiempos difíciles no resultaba fácil estar donde uno quería estar", decía.
"Con 14 años conocí a Rafael Pedrosa y marchamos de maletillas, primero a Salamanca y después a Sevilla... Le cogí gusto, aunque nos trajo de vuelta la Guardia Civil, y ya supe que iba a ser torero, por encima de todo", recordaba.
Zapico, maestro
Luchó cada día por la tauromaquia, el toro, la plaza de León, los toreros, el arte y la cultura taurina. Por todo a la vez. Y siempre con una maestría que habrá que enseñar en las escuelas.
Fue lo que quiso ser y su ausencia deja el coso vacío, la huella en la arena, y el recuerdo en el tendido.
Un maestro, de los de verdad.