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Reportaje

El primer asesino licántropo se inició en León

El policía, profesor y ensayista leonés Ricardo Magaz recupera la figura de Manuel Blanco Romasanta, el primer asesino 'hombre lobo' que inició su sangrienta trayectoria en León
hombre lobo
Manuel Blanco Romasanta (Regueiro, Orense, 1809 – Ceuta, 1863) es conocido como el primer asesino en serie documentado en España. Su carrera criminal comenzó en León.

Esta es una historia criminal nacida en León. Una historia singular que define al que, sin duda, podría ser calificado como primer asesino licántropo de la historia. Manuel Blanco Romasanta (Regueiro, Orense, 1809 – Ceuta, 1863) es conocido como el primer asesino en serie documentado en España. Su historia, plagada de misterio, brutalidad y superstición, lo convirtió en una figura legendaria dentro de la criminología.

Apodado 'El Hombre Lobo de Allariz' y 'Sacamantecas', se le atribuyeron al menos 17 asesinatos, aunque solo confesó nueve. Su destino final fue la prisión de Ceuta, donde falleció en 1863, esquivando el garrote vil gracias a un indulto de la reina Isabel II.

Un origen marcado por la incertidumbre

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Ricardo Magaz

Su historia ha sido recuperada en un artículo periodístico de enorme valor por el policía, profesor y ensayista leonés Ricardo Magaz, en un profundo trabajo realizado en la revista de la Policía Nacional.

Romasanta nació en una pequeña aldea gallega con una condición que lo llevó a ser inscrito como “Manuela” en los registros parroquiales. Su identidad de género fue un enigma desde su nacimiento, pero en su juventud decidió adoptar definitivamente la identidad masculina. De complexión pequeña, apenas alcanzaba el 1,37 metros de altura. Se casó con una mujer del concejo, pero ella falleció poco tiempo después en circunstancias desconocidas.

Desde una edad temprana mostró signos de una personalidad perturbada. Según los estudios realizados, su supuesta dualidad de identidad, unida a su perfil psicopático y a su creencia en la licantropía, contribuyeron a su peligrosa psicología.

El inicio de su carrera criminal

La primera víctima documentada de Romasanta fue un alguacil de León en 1844, cerca de Ponferrada. El oficial intentaba cobrarle una deuda cuando el buhonero, que se dedicaba a la venta ambulante, lo asesinó. Este hecho marcó el inicio de su sangrienta trayectoria.

A partir de entonces, utilizó su oficio para moverse por distintas regiones del noroeste peninsular y atraer a sus víctimas, principalmente mujeres y niños. Con mentiras y falsas promesas, los convencía de viajar con él y luego los asesinaba en los bosques gallegos. Su modus operandi era despiadado: se cree que extraía la grasa de los cuerpos para venderla en Portugal a altos precios. Esto le valió el sobrenombre de “Sacamantecas”.

Un asesino visionario

Según la Sociedad Científica Española de Criminología, Romasanta encaja dentro del perfil de un asesino visionario, basado en los patrones de Ronald Holmes y James De Burger. Su trastorno psicótico lo llevaba a cometer crímenes impulsado por creencias delirantes. Se involucraba con los cuerpos de sus víctimas e incluso practicaba la antropofagia en algunos casos.

En 1852, fue detenido en Nombela (Toledo) y trasladado a Allariz para ser juzgado. Durante el proceso, afirmó que sufría de licantropía y que se transformaba en lobo cuando asesinaba. Sostuvo que estaba atrapado en una maldición familiar que lo obligaba a matar.

La Ilustración publicaba en su portada el primer dibujo que se acercaba a la imagen del asesino.
La Ilustración publicaba en su portada el primer dibujo que se acercaba a la imagen del asesino.

El juicio tuvo una gran repercusión en España, similar a la de Jack el Destripador en Inglaterra. Fue condenado a muerte por garrote vil, pero la reina Isabel II conmutó su pena por cadena perpetua tras la intervención del doctor Phillips (posiblemente Joseph Pierre Durand de Gros), quien aseguró que Romasanta padecía una enfermedad mental.

Un final en el olvido

Encerrado en la prisión del Monte Hacho en Ceuta, Romasanta murió en 1863 a causa de un cáncer de estómago. Su lugar de entierro es desconocido. Investigaciones recientes no han logrado hallar rastros de su tumba ni en el penal de Fuerte Mendizábal, ni en los registros de la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios, ni en la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias en Madrid. Pareciera que la tierra se lo tragó, sumiéndolo en el olvido y en el abismo del inframundo.


Este artículo ha sido elaborado en base al reportaje publicado por Ricardo Magaz en la revista de la Policía Nacional. Magaz es miembro de la Policía Nacional en segunda actividad y profesor de Fenomenología Criminal en varios institutos universitarios de la UNED. Autor de ensayos y narrativa, forma parte de la junta directiva de la Sociedad Científica Española de Criminología.