Los estados de Whatsapp

Debe de ser cuestión de incertidumbre, no queda otra. Husmear, en su infinitivo más solemne, no acepta contradicciones. En estos casos, siempre exijo militancia, afiliación gratuita en los versos que quieren escribir quienes tienen la habilidad de cepillar legañas en lo ajeno, los que leen y se movilizan sobre lo que puedan debatir en su desidia social, los que crean estados de ánimo en polémicas intrascendentes sobre la que especulamos. Convencido estoy.
Los estados de WhatsApp son eso cuando no tienen –ni les encuentro- más sentido terapéutico. Es una fascinación la que siento cuando descubro en mi pantalla, en esos anales completos de su presencia en las 24 horas de su metraje, quienes han sido capaces de hacer un ejercicio de observación para exponerse a otros con la naturaleza propia del voyeur, pero dejando rastro. Imagino que existe una pulsión hacia una mística extraña en la devaluación de quien gestiona un espacio que no le corresponde.
Creo que puede ser una condición identitaria de algunos para crear una realidad paralela de ficción en base a suposiciones de una imagen, de un texto o de ambas. Fisgones que se sienten cómodos con la mirada puesta en otros, como esas canciones de amor que dejan sentimientos rotos o que los hacen emerger desde emociones subterráneas. Y me explico desde dentro de un contexto tan precario de delimitar como son las redes sociales, lugares etéreos donde todos somos investigadores sobre especulaciones sin correspondencia propia.
¿Cuántos de vosotros tenéis en la agenda del móvil teléfonos de emergencias como aquellas páginas amarillas antiguas donde había más agujas que pajares?
¿Cuántos de vosotros tenéis en la agenda del móvil teléfonos de emergencias como aquellas páginas amarillas antiguas donde había más agujas que pajares? Contactos de aquel fontanero amigo de tu primo del pueblo que siempre estaba dispuesto a arreglar tuberías que goteaban, electricistas que te cambiaban con premura los fusibles averiados, compañeros de trabajos indolentes y soberbios con quienes te sostenían relaciones de asco y odio, un antiguo alumno de COU de tu instituto que no era más idiota porque no le cabía más alma, en fin, aparecen hasta genealogías de antiguas parejas que te hacen recordar que esa parte de tu historia sentimental pertenecía a un linaje, aunque con el lastre de la edad hayan perdido el escudo y la vergüenza.
Me recreo ahora entre las metáforas que les hacen a todos ellos, impávidos, vivir esos momentos entre las maniobras que les presumen valientes en un relato que no conocen pero del que quieren ser parte. ¿No os extraña que aquella imbécil que disparaba miradas inquisidoras en las reuniones del grupo de padres ahora no haya día en el que no se asome a la vida que manejas? Y ¿qué me dices del mecánico borde de aquel lugar del que no recuerdas ni su estampa cuando se te averió el coche y la paciencia? Os respondo, devaluar la realidad deseada para documentar tu estado entre el error del permiso a ojear y el horror de moldearnos a su forma entre la incomodidad que nos supone mostrar la vida en una pasarela alejada de nuestro control.
Existe el privilegio de cimentar un espacio propio, pero creo que para entender la vida moderna podría ser mejor vivir en la estupidez
Vale, existe el bloqueo, como las multas. Existe el privilegio de cimentar un espacio propio, pero creo que para entender la vida moderna podría ser mejor vivir en la estupidez, sentirse imbécil con aura, simpatizar con los que desnudan su pudor para ir a la contra, buscar el pesebre de los que no se hacen caso para tratar de soportarse, de los que se resisten dando validez a unas opiniones con las que no están de acuerdo.
Son las credenciales de nuestra vida lo que valoras entre los desconocidos, los dañinos y los cretinos. Ahí podemos acumular victorias y dar forma al azar en nuestras manos, vencer a los años, ganar valor en las arrugas y atusarnos el traje de domingos. Y que nos vea el vecino del sexto, la cuñada de la ex mujer de tu hermano o el abogado aquel que casi te lleva al cadalso. En fin, los estados de WhatsApp, la vida misma que nos ciega por fascículos y, pocas veces, nos ilumina dando luz y sentido a la de otros.