El tiempo olvidado: peleas de toros en Riaño

Es el tiempo olvidado: las peleas de toros en Riaño. Un cuadro de Demetrio Rodríguez recrea una tradición perdida en la provincia de León, aquellos duelos de toros en el hoy inundado Valle de Riaño. La imagen reproduce el duelo de dos toros, representantes de las localidades de Éscaro y La Puerta.
Una costumbre que hoy solo vive en la memoria de algunos lugareños, cada vez menos, y en esa pintura que permite adivinar el viejo valle, sus colorido, y el duelo de dos animales de enorme envergadura.
"Cada pueblo tenía su toro, tenían sus propios cuidadores y representaban el orgullo del pueblo en el duelo", recuerdan hoy en la zona.
Peleas de toros

Las peleas de toros eran una costumbre arraigada en determinadas zonas rurales y extendida a lugares como la Plaza Mayor de Madrid en la antesala al impulso a los festejos taurinos.
Sin embargo, el valle de Riaño tenía una especial actividad en este tipo de enfrentamientos que se mantuvieron vivos en el primer tercio del siglo XIX.
El alcalde de Riaño, Senén Presa, recuerda que aquellas peleas estaban vivas "en la mente de mis abuelos". Ellos les hablaban de unos duelos hasta la extenuación entre estos animales.
"El toro de La Puerta con el de Riaño"
"Hay que darse cuenta que entonces cada pueblo tenía varios toros. Eran 'municipales', tenían su propio cuidador, y se encargaban de cubrir al ganado de la zona", recuerda.
En Riaño estaba el toro de Boca de Huérgano, el de Pedrosa, Éscaro o La Puerta. "Había toros que subían con el ganado, pero la mayoría estaban encerrados en los toriles. Allí se llevaban a las vacas para que quedaran preñadas. Y si la vaca no quedaba en las dos primeras veces ya no podía volver", rememora.
Aquellas tradiciones hablan de orgullo y fuerza así que a los toros se les alimentaba y entrenaba para que una vez al año, en primavera, se peleara con el toro del pueblo vecino. "El toro de La Puerta con el de Riaño; el de Pedrosa con La Villa o Éscaro", hasta que uno de los dos se rindiera. La victoria, era el orgullo.
De aquella tradición queda una memoria casi perdida, una foto en un bar de la zona y un cuadro, el de Demetrio Rodríguez con los astados de Éscaro y La Puerta.